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Mientras el mundo entero está siendo contagiado por el coronavirus, el cardenal Robert Sarah, confinado en el Vaticano, analiza las causas de esta crisis absolutamente inédita.

  • Metges Cristians
  • 27/04/2020

Creo que esta epidemia ha dispersado el humo de la quimera. El hombre autodenominado todopoderoso aparece en su cruda realidad. Aquí está, desnudo. Su debilidad y su vulnerabilidad son patentes. El hecho de estar confinados en casa nos permitirá, espero, volver de nuevo a lo esencial, redescubrir la importancia de nuestra relación con Dios y, por ende, de la centralidad de la oración en la existencia humana. Y, con la conciencia de nuestra fragilidad, en confiar en Dios y su misericordia paterna.

¿Es una crisis de civilización?

He repetido a menudo, especialmente en mi último libro, Se hace tarde y anochece, que el gran error del hombre moderno es su rechazo a la dependencia. El hombre moderno se concibe a sí mismo como un individuo radicalmente independiente. No quiere depender de las leyes de la naturaleza. Se niega a depender de los demás comprometiéndose a vínculos definitivos como el matrimonio. Considera una humillación depender de Dios. Se concibe sin deber nada a nadie. Negarse a pertenecer a una red de dependencia, herencia y filiación nos condena a entrar desnudos en la jungla de la competitividad de una economía abandonada a sí misma.

Sin embargo, todo esto no es más que una quimera. La experiencia del confinamiento ha permitido que muchos redescubran que dependemos real y concretamente los unos de los otros. Cuando todo se desmorona, solo quedan los vínculos del matrimonio, la familia y la amistad. Hemos descubierto de nuevo que somos miembros de una nación y, como tales, estamos unidos por lazos invisibles pero reales. Y, sobre todo, hemos redescubierto que dependemos de Dios.

¿Hablaría usted de crisis espiritual?

¿Ha observado usted la ola de silencio que se ha extendido sobre Europa? Bruscamente, en pocas horas, inclusos nuestras ciudades llenas de bullicio se han calmado. Nuestras calles, llenas de gente y coches, están desiertas, silenciosas. Muchos se han encontrado solos, en silencio, en pisos que se han transformado en eremitorios o celdas monacales.

¡Qué paradoja! Se ha necesitado un virus para callarnos. Y, de repente, hemos tomado conciencia de que nuestra vida era frágil. Nos hemos dado cuenta de que la muerte no era algo lejano. Hemos abierto los ojos. Lo que nos preocupaba: economía, vacaciones, polémicas mediáticas, ha pasado a un inútil segundo plano. Es imposible no plantearse la cuestión de la vida eterna cuando cada día nos informan del número de contagiados y fallecidos. Hay quien entra en pánico, lleno de temor. Otros rechazan las evidencias y se dicen: es un mal momento que hay que pasar, todo volverá a ser como antes.

¿Y si, de manera sencilla, en este silencio, en esta soledad, este confinamiento, osáramos rezar? ¿Si osáramos transformar nuestra familia y nuestro hogar en iglesia doméstica? Una iglesia es un lugar sagrado que nos recuerda que, en este hogar de oración, hay que vivirlo todo intentando orientar todas las cosas y todas las decisiones hacia la gloria de Dios. ¿Y si, simplemente, osáramos aceptar nuestra finitud, nuestros límites, nuestra debilidad de criaturas? Me atrevo a invitar a todos a dirigirse a Dios, hacia el Creador, el Salvador. Dado que la muerte está presente de manera tan masiva, invito a todos a plantearse la pregunta: ¿la muerte es realmente el final de todo? ¿O es un pasaje, ciertamente doloroso, pero que desemboca en la vida? Por esto, Cristo resucitado es nuestra gran esperanza. Dirijamos nuestra mirada hacia Él. Acerquémonos a Él, que es la Resurrección y la Vida. Quien cree en Él, aunque muera, vivirá; y quien viva y crea en Él no morirá nunca (cf. Jn 11, 25-26). ¿Acaso no somos como Job? Sin nada, con las manos vacías y el corazón inquieto, ¿qué nos queda? La cólera contra Dios es absurda. Nos queda la adoración, la confianza y la contemplación del misterio.

Si nos negamos a creer que somos el resultado de un deseo amoroso de Dios todopoderoso, entonces todo esto será muy duro, y no tendrá sentido. ¿Cómo vivir en un mundo en el que un virus ataca por azar y abate a los inocentes? Solo hay una respuesta: la certeza de que Dios es amor y que no es indiferente a nuestro sufrimiento. Nuestra vulnerabilidad abre nuestro corazón a Dios e inclina a Dios a ser misericordioso con nosotros.

Creo que ha llegado el momento de atreverse a decir estas palabras de fe. El tiempo del falso pudor y de las dudas pusilánimes ha terminado. El mundo espera de la Iglesia una palabra fuerte, la única palabra que da esperanza y confianza, la palabra de la fe en Dios, la palabra que Jesús nos ha confiado.

¿Qué tienen que hacer los sacerdotes en esta situación?

El papa ha sido claro. Los sacerdotes deben hacer todo lo que puedan para permanecer cerca de sus fieles. Deben hacer todo lo que esté en su poder para asistir a los moribundos, sin dificultar la labor del personal sanitario y las autoridades civiles. Nadie tiene el derecho de privar a un enfermo o a un moribundo de la asistencia espiritual de un sacerdote. Es un derecho absoluto e inalienable. En Italia, el clero ha pagado un alto precio. Setenta y cinco sacerdotes han muerto asistiendo a los enfermos.

Creo también que numerosos sacerdotes han redescubierto su vocación a la oración y a la intercesión en nombre de todo el pueblo. El sacerdote está hecho para estar constantemente ante Dios, para adorarlo, glorificarlo y servirlo. Así, en los países confinados, los sacerdotes se encuentran en la situación introducida por Benedicto XVI. Aprenden a pasar sus jornadas en oración, en soledad y en silencio, que ofrecen por la salvación de los hombres. Si físicamente no pueden sostener la mano de cada moribundo como ellos desearían, descubren que, en la adoración, pueden interceder por cada persona. Me gustaría que los enfermos, las personas solas y las personas en dificultad sintieran esta presencia sacerdotal misteriosa. En estos días terribles, nadie está solo, nadie es abandonado. El Buen Pastor vela cerca de cada uno. En nombre de cada uno, la Iglesia vela e intercede como una madre. Los sacerdotes redescubren su paternidad espiritual a través de la oración continua. Redescubren su identidad profunda: no son animadores de reuniones o de comunidades, sino hombres de Dios, hombres de oración, adoradores de la Majestad de Dios, hombres contemplativos.

A veces, a causa del confinamiento, celebran la misa en soledad. Entonces es cuando pueden medir la grandeza inmensa del sacrificio eucarístico, que no necesita una asistencia numerosa para dar fruto. Por la misa, el sacerdote llega al mundo entero. Como Moisés y Jesús mismo, los sacerdotes redescubren la potencia de su intercesión, su función de mediadores entre Dios y los hombres. Ciertamente, cuando celebran la eucaristía ya no tienen al pueblo de Dios ante ellos. Entonces, que dirijan su mirada hacia Oriente. Porque «desde Oriente viene la propiciación. Es de allí de donde viene el hombre cuyo nombre es Oriente, que se ha convertido en mediador entre Dios y los hombres. Por ello, estáis invitados a mirar para siempre hacia oriente, donde surge para vosotros el Sol de la justicia, donde la luz siempre surgirá para vosotros», dice Orígenes en una homilía sobre el Levítico. Tendremos que recordar todo esto cuando acabe la crisis, para no volver a caer en una inquietud vana.

¿Y los fieles?

Los cristianos experimentan de manera muy concreta la comunión de los santos, ese vínculo misterioso que une a todos los bautizados en la oración silenciosa y el cara a cara con Dios. Es importante redescubrir cuán preciosa puede ser la costumbre de leer la Palabra de Dios, de recitar el rosario en familia o de consagrar tiempo a Dios, en una actitud de entrega de uno mismo, de escucha y adoración silenciosa. Habitualmente, valoramos la utilidad de una persona con relación a su capacidad de influencia, de acción, es decir, de agitación. De repente, todos estamos al mismo nivel. Desearíamos ser útiles, servir para algo. Pero lo único que podemos hacer es rezar, animarnos mútuamente, apoyarnos los unos a los otros. Ha llegado el momento de redescubrir la oración personal y de volver a escuchar a Jesús diciéndonos: «Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará» (Mt 6, 6). Ha llegado el momento de redescubrir la oración en familia, de que los padres aprendan a bendecir a sus hijos. Los cristianos, privados de la eucaristía, se dan cuenta de la gracia que era la comunión para ellos. Los animo a poner en práctica la adoración en sus casas, porque no hay vida cristiana sin vida sacramental. El Señor está presente en nuestras ciudades y pueblos. A veces, también se les pide a los cristianos ser heroicos: cuando los hospitales piden voluntarios, cuando hay que ocuparse de personas solas o que viven en la calle.

¿Qué es lo que debe cambiar?

Algunos dicen que nada volverá a ser como antes. Lo espero. Sin embargo, temo que, si el hombre no vuelve con todo su corazón a Dios, todo volverá a ser como antes y el camino del hombre hacia el abismo será ineludible.

Nos damos cuenta de cómo el consumismo mundial ha aislado a los individuos, convirtiéndolos en consumidores abandonados a la jungla del mercado y la finanza. La globalización, promesa de felicidad, ha revelado ser un engaño. En los tiempos de prueba, las naciones y las familias se unen. Y las coaliciones de interés se dispersan. La crisis actual demuestra que una sociedad no puede estar basada en los vínculos económicos. Tomamos conciencia de nuevo de ser una nación, con sus fronteras, que podemos abrir o cerrar para la defensa, la protección y la seguridad de nuestra población. En el fundamento de la vida de la ciudad, encontramos vínculos que nos preceden: los de la familia y la solidaridad nacional. Es hermoso verlos resurgir de nuevo. Es hermoso ver a los más jóvenes ocuparse de los ancianos. Hace unos meses se hablaba de eutanasia y había quienes querían deshacerse de los enfermos graves o de los discapacitados. Hoy en día, las naciones se movilizan para proteger a los ancianos. Vemos resurgir en los corazones el espíritu del don de sí mismo y del sacrificio. Tenemos la impresión de que la presión mediática nos había obligado a ocultar lo mejor de nosotros mismos. Nos habían enseñado a admirar a los “vencedores”, a los “lobos”, a los que llegan a la cima eliminado a quienes obstaculizan su camino. Y he aquí que, repentinamente, admiramos y aplaudimos con respeto y gratitud a los cuidadores, el personal sanitario, los médicos, los voluntarios y los héroes de lo cotidiano. De improviso, nos atrevemos a aclamar a los que sirven a los más débiles. Nuestro tiempo tenía sed de héroes y santos, pero la ocultaba avergonzado.

¿Seremos capaces de conservar esta escala de valores? ¿Seremos capaces de refundar nuestras ciudades sobre otra cosa que no sea el crecimiento, el consumo y el anhelo de dinero? Creo que seríamos culpables si, cuando salgamos de esta crisis, cayéramos en los mismos errores. Esta crisis demuestra que la cuestión de Dios no es solo una cuestión de convicción privada, sino que interroga los fundamentos de nuestra civilización.

La última vez que usted ha tomado la palabra fue con ocasión de la salida de su libro, escrito con la participación de Benedicto XVI. ¿Qué opinión tiene sobre ese periodo agitado?

Me impresionó mucho la violencia y las calumnias groseras que se desencadenaron tras la salida del libro Desde la profundidad de nuestros corazones. Con Benedicto XVI quisimos abrir un debate de fondo, una reflexión serena, objetiva y teológica sobre el sacerdocio y el celibato, apoyándonos en la Revelación y los datos históricos, y nos encontramos cara a cara con acusaciones llenas de odio, falaces y difamadoras. Se ha intentado manchar la reputación de las personas. Se intentó descalificarnos haciéndonos pasar por naífs, víctimas de una manipulación editorial. Leí muchas invectivas e injurias, pero poca reflexión teológica y pastoral y, sobre todo, vi un comportamiento cristiano escaso.

Sin embargo, con Benedicto XVI hacíamos propuestas audaces de reforma del modo de vida de los sacerdotes. Nadie ha respondido ni comentado a las que, creo, son las páginas más importantes de nuestra reflexión, las que atañen a la renuncia necesaria a los bienes materiales por parte de los sacerdotes, las que llaman a una reforma basada en la búsqueda de santidad y la vida de oración por parte de los sacerdotes, las que invitan a «mantenerse delante de Ti y a servirTe». El sacerdote debe ser una persona recta, vigilante, que se mantiene firme. A todo esto, se añade la necesidad de servir a Dios y a los hombres. Nuestro libro es espiritual, teológico y pastoral, pero los medios y unos cuantos autoproclamados expertos lo han convertido en una lectura política y dialéctica. Ahora que las polémicas estériles se han disipado, ¿podríamos leerlo de verdad? ¿Podríamos discutir pacíficamente?

Por supuesto, he sufrido mucho en ese periodo, me han afectado mucho los ataques contra Benedicto XVI. Pero en el fondo, lo que más me ha herido ha sido constatar hasta qué punto el odio, la sospecha y la división han penetrado en la Iglesia sobre una cuestión tan fundamental y capital para la supervivencia del cristianismo: el celibato sacerdotal.

El gran ausente a las reacciones ha sido Benedicto XVI. ¿Sabe cómo se ha sentido durante ese periodo?

Profundamente apenado. Sin embargo, ha asumido su sufrimiento, en el silencio, en la oración y el ofrecimiento de él mismo para la santificación de la Iglesia.

En su exhortación postsinodal, el papa Francisco ni siquiera ha abordado la cuestión del celibato de los sacerdotes. ¿Está usted satisfecho?

El papa Francisco ha sido fiel a sí mismo y a los tesoros de la Iglesia. Mucho antes de que tuviera lugar el sínodo sobre la Amazonia había afirmado: «Prefiero dar mi vida que cambiar la ley del celibato». Con Benedicto XVI hemos escrito este libro sin saber si la exhortación apostólica se publicaría antes o después. Nuestra reflexión ha querido ser autónoma, sin ningún vínculo con las conclusiones del sínodo. La hemos escrito en un espíritu de profunda obediencia filial al Santo Padre. Nuestro deseo era cumplir con nuestro deber de obispos: aportar al papa y a nuestros hermanos en el episcopado una reflexión tranquila y madura, en la oración. En cuanto salió de la imprenta hice entrega de este libro al Santo Padre. Nuestro deseo era apoyar a los sacerdotes quebrantados y heridos por el cuestionamiento del sacerdocio. Todos los días recibo testimonios sorprendentes de sacerdotes y obispos que me dicen cuánto les han consolados esas líneas, que les llevan a los fundamentos de su vida sacerdotal entregada por la Iglesia.

¿Diría usted, entonces, que algunos han tenido la tentación de utilizar la Amazonia como pretexto para hacer reivindicaciones ideológicas?

Al día siguiente de la publicación de la exhortación apostólica Querida Amazonia del papa Francisco, algunos prelados manifestaron su decepción y su desprecio. No estaban preocupados por los pueblos de la Amazonia, sino decepcionados porque la Iglesia, según ellos, debería haber aprovechado dicha ocasión para ponerse al mismo nivel que el mundo moderno. En ese momento vimos que la cuestión del Amazonas había sido instrumentalizada. Se había utilizado las dificultades de los pobres para promover proyectos ideológicos. Tengo que confesar que ver tal cinismo me entristece profundamente. En lugar de trabajar para hacer descubrir a los pueblos de la Amazonia la hondura y la riqueza únicas de la persona de Jesucristo y de su mensaje de salvación, lo que se quería era “amazonizar” a Jesucristo adhiriéndole a las creencias y prácticas de los indígenas del Amazonas, proponiéndoles un sacerdote a escala humana adaptado a su situación. Los pueblos de la Amazonia, como los de África, necesitan un Cristo crucificado, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles», verdadero Dios y verdadero hombre, que ha venido para salvar a los hombres marcados por el pecado, dándoles la Vida y reconciliándolos entre ellos y con Dios, haciendo la paz por la sangre de su Cruz. Él viene a salvar a cada hombre profundamente marcado por el pecado.

¿Cómo analizar la tendencia a oponerse a las corrientes, es decir, a otros hombres, en el seno de la Iglesia? Cuando salió el libro, hubo quien incluso dijo que era una “guerra de papas”…

Me apena y entristece. Esta enfermedad que consiste en reducir a la Iglesia a un campo de batalla político acaba extendiéndose a los fieles y al clero mismo. En los medios de comunicación y las redes sociales, cada uno comenta, juzga y, a veces, condena o insulta. Esta actitud está causada por un enfoque naturalista. Muchos no ven que la Iglesia es, ante todo, un misterio. Es la continuación en la tierra de la presencia de Cristo. La Iglesia debe ser el lugar de la caridad, de la comunión y de la unidad en la fe. Si no encontramos de nuevo un poco de bondad, Cristo no estará en medio de nosotros y la Iglesia será infecunda. Si el odio, la sospecha y el resentimiento se filtran entre nosotros, moriremos. ¿Cómo podemos ser creíbles si entre nosotros no hay un mínimo de caridad? ¿Cómo podemos ser creíbles si no sabemos pedirnos mutuamente perdón?

La Iglesia es una, pero los fieles ven que hay tendencias distintas, incluso opuestas; ven que hay puntos de desacuerdo entre los hombres de Iglesia. ¿Comprende usted su inquietud potencial?

La unidad de la Iglesia está basada, ante todo, en la oración. Si no rezamos juntos, siempre estaremos divididos. Me gustaría que los sínodos fueran, más que nada, tiempos de oración común y no un campo de batalla ideológico o político. Me gustaría que la vida de la curia romana estuviera marcada, sobre todo, por una vida común de oración y adoración. Me gustaría que la vida de toda la Iglesia fuera, ante todo, una vida de oración común. Estoy convencido de que la oración es nuestro primer deber como sacerdotes. De la oración nacerá la unidad. De la oración surge la verdad.

La unidad de los católicos no es un simple afecto sentimental, sino que se funda sobre lo que tenemos en común: la Revelación que Cristo nos ha dejado. Si cada uno depende de su opinión, su novedad, entonces la división se extenderá por doquier. El origen de nuestra unidad nos precede. La fe es una, es ella la que nos une. El verdadero enemigo de la unidad es la herejía. Me asombra constatar que el subjetivismo enloquece los debates. Si creemos en la verdad podemos buscarla juntos, podemos incluso tener debates francos entre teólogos y nuestros corazones permanecerán apaciguados. Sabemos que al final la verdad surgirá. Al contrario, cuando cuestionamos la objetividad intangible de la fe, entonces todo se transforma en rivalidad entre las personas y en luchas de poder. La dictadura del relativismo, al destruir la confianza pacífica en la verdad revelada, impide un clima de serena caridad entre los hombres.

Tomemos el ejemplo de la ordenación de hombres casados. Dos tercios de los obispos del sínodo la reclaman para la Amazonia. El papa Benedicto XVI y usted la temen…

No debemos tener miedo. La Iglesia es como la barca de los apóstoles descrita en el Evangelio: a menudo en medio de la tempestad, a veces al borde del naufragio, pero nunca hundida. Cristo está en la barca con nosotros, aunque parezca que esté dormido. Deseo pedir a los cristianos que permanezcan tranquilos y confiados. La fe no cambia, los sacramentos no cambian. Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre. La vida divina se transmite a pesar de nuestros errores y pecados. Los sacerdotes a veces discuten. Dios es más poderoso que nuestras mezquindades humanas. Si cada uno defiende su opinión, su novedad, su manera de inculturar la Revelación y los tesoros de la Tradición de la Iglesia, entonces la división se extenderá por todas partes y la división se instalará entre los fieles. Le debemos al pueblo cristiano una enseñanza clara, firme y estable. ¿Cómo aceptar que las conferencias episcopales se contradigan? ¡Allí donde reine la confusión, Dios no puede habitar!

La unidad de la fe supone la unidad del magisterio en el espacio y el tiempo. Cuando se nos da una enseñanza nueva, siempre debe ser interpretada en continuidad con la enseñanza anterior. Si introducimos rupturas y revoluciones, rompemos la unidad que ha guiado a la Santa Iglesia a través de los siglos. Esto no significa que estemos condenados al fijismo. Sin embargo, toda evolución debe ser una comprensión mejor y una profundización del pasado. La hermenéutica de la reforma en la continuidad que Benedicto XVI ha enseñado tan claramente es una condición sine qua non de la unidad.

Los que anuncian con gran estruendo el cambio y la ruptura no buscan el bien del rebaño. Nuestra unidad se forjará alrededor de la verdad de la doctrina católica. No hay otros medios. ¿Acaso hay otro regalo más maravilloso que se pueda ofrecer a la humanidad que no sea la verdad del Evangelio, y un sacerdocio como el que vivieron Cristo y los apóstoles?

¿Qué opina del proceso sinodal en curso en Alemania? Algunos cardenales han denunciado el riesgo de “protestantización” de la Iglesia alemana. ¿Qué opina usted?

Lo que está pasando en Alemania es terrible. Da la impresión de que las verdades de la fe y los mandamientos del Evangelio van a ser votados. ¿Con qué derechos podemos decidir renunciar a una parte de la enseñanza de Cristo? Sé que muchos católicos alemanes sufren por esta situación. Como ha dicho frecuentemente Benedicto XVI, la Iglesia alemana es demasiado rica. Con el dinero sentimos la tentación de hacerlo todo: cambiar la Revelación, crear otro magisterio, una Iglesia que ya no es una, santa, católica y apostólica, sino alemana. El riesgo para ella es creerse una institución del mundo. ¿Cómo no acabar, entonces, pensando como el mundo? Me gustaría invitar a mis hermanos alemanes a hacer la experiencia de la pobreza, a renunciar a las subvenciones del Estado. Una Iglesia pobre no tendrá miedo de la radicalidad del Evangelio. Creo que, a menudo, nuestro vínculo con el dinero o el poder secular nos convierte en timoratos o cobardes a la hora de anunciar la buena nueva. Detrás de este combate se plantea la cuestión de la naturaleza sobrenatural de la fe. Ser cristiano no es solo un complemento espiritual a una vida secular, un aspecto del desarrollo personal del que son amantes los hombres contemporáneos estresados. Ser cristiano es dejar que Dios mismo haga irrupción en nuestra vida y nos cambie. No mercadeamos con el conjunto de creencias y prácticas espirituales. Recibimos íntegra y totalmente el acontecimiento sobrenatural de la Revelación divina, que se impone a nosotros, que transforma nuestras vidas.

Respecto a las cuestiones internas de la Iglesia, existe hoy en día una serie de debates. El papa Francisco ha declarado que no tiene miedo a un cisma. ¿Usted tampoco? ¿Cómo conseguir la unidad?

La unidad solo es posible si se da prioridad a la oración y la adoración. Juntos aprenderemos la fidelidad total a la doctrina católica vivida en la caridad más grande.

La Iglesia está sacudida por todas partes. Desde batallas internas a la pedofilia, pasando por su aparente inadecuación al mundo moderno… ¿Qué está pasando?

Vivimos una crisis profunda. Pero esta crisis es, primero de todo, una crisis de fe y una profunda crisis del sacerdocio. Los crímenes abominables cometidos por sacerdotes son el síntoma más aterrador. Cuando Dios no está en el centro, cuando la fe no determina la acción, cuando ya no es lo que nos guía, cuando ya no irriga la vida de los hombres, entonces delitos como esos son posibles. Como dice Benedicto XVI: «¿Por qué la pedofilia ha alcanzado tal proporción? En el fondo, la razón es la ausencia de Dios». Efectivamente, hemos formado a sacerdotes sin enseñarles que el único pilar de su vida es Dios, sin hacerles experimentar que su vida solo tiene sentido a través de Dios y por Dios. Privados de Dios, solo les ha quedado el poder. Algunos se han hundido en la lógica diabólica del abuso de autoridad y los crímenes sexuales. Si un sacerdote no hace experiencia a diario de que no es más que un instrumento, entonces corre el riesgo de embriagarse con una sensación de poder. Si la vida de un sacerdote no es una vida consagrada, entonces corre el gran riesgo de engañarse y de desviarse.

El rostro de la Iglesia ha sido mancillado por el pecado de sus hijos. Pero hoy aparece de nuevo el verdadero rostro de la Iglesia: resplandece en esos sacerdotes valientes que asisten a los moribundos poniendo en peligro sus vidas, en esos sacerdotes que llevan a su pueblo en la oración silenciosa e íntima.

Los cristianos se han debilitado por su falta de fe. Algunos cristianos parece que quieren privarse de esta luz. Se obligan a mirar al mundo con ojos secularizados. ¿Por qué? ¿Es un deseo de ser aceptados por el mundo? ¿Un deseo de ser como todo el mundo?

Me pregunto si, en el fondo, esta actitud no esconde simplemente el miedo que nos causa el negarnos a escuchar lo que Jesús mismo nos dijo: «Vosotros sois la sal de la tierra. […] Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 13-14). ¡Qué responsabilidad! ¡Qué carga! Renunciar a ser la sal de la tierra es condenar al mundo a permanecer soso y sin gusto; renunciar a ser la luz del mundo es condenarlo a la oscuridad. ¡No somos nosotros los que tenemos que resolverlo!

¿Qué hay que hacer?

Muchos cristianos sienten repugnancia a testimoniar la fe o a llevar la luz al mundo. Nuestra fe es tibia, como un recuerdo que, poco a poco, se difumina. Se convierte en una bruma fría. Y entonces ya no nos atrevemos a afirmar que ella es la única luz del mundo. Y, sin embargo, no tenemos que ser testimonios de nosotros mismos, sino que testimoniamos a Dios que ha venido a nuestro encuentro y se ha revelado.

¡Ha llegado el momento de arrancar a los cristianos del relativismo, ambiente que anestesia sus corazones y adormece el amor! A nuestra apatía ante las desviaciones doctrinales se añade la tibieza que se ha instalado entre nosotros. No es extraño ver errores graves en la enseñanza de las universidades católicas, o en las publicaciones oficialmente cristianas. ¡Nadie reacciona! Estemos atentos, un día los fieles nos pedirán cuentas. Nos acusarán ante Dios de haberles entregado a los lobos y haber desertado nuestra tarea de pastores que defienden a sus rebaños.

Nuestra fe condiciona nuestro amor hacia Dios. Defender la fe es defender a los más débiles, los más humildes, permitiendo que amen a Dios de verdad. Está en juego la salvación de las almas, de las nuestras y de las de nuestros hermanos. El día en que ya no ardamos de amor por nuestra fe, el mundo morirá de frío puesto que estará privado de su bien más precioso.

¿Quién se alza hoy en día para anunciar a las ciudades de Occidente la fe que están esperando? ¿Quién se alza para anunciar el Evangelio a los musulmanes? Buscan la fe sin saberlo. Se convierten al islam porque Occidente les ofrece, como única religión, la sociedad de consumo. ¡No podemos llamarnos creyentes y vivir, en práctica, como ateos!

Usted está en el corazón de la Iglesia y de su centro de toma de decisiones, el Vaticano. ¿Qué opina sobre la Iglesia, hoy?

El centro de la Iglesia no es la administración vaticana. El centro de la Iglesia está en el corazón de cada hombre que cree en Jesucristo, que reza y adora. El centro de la Iglesia está en el corazón de los monasterios. El centro de la Iglesia está, sobre todo, en cada tabernáculo porque Jesús está presente. No podemos juzgar a la Iglesia con criterios mundanos. Las encuestas no tienen nada que ver con ella. La Iglesia no está para influir en el mundo. La Iglesia repite las palabras de Jesús: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18, 37). Los cristianos siempre serán indignos de esta misión, pero la Iglesia siempre estará allí para testimoniar a Cristo.

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